La monotonía es agotadora. Solo pensar que estoy diciendo esto con mis quince cortos años me produce escalofríos.
¿Qué será de mí cuando tenga cincuenta? Pensar que a medida que vaya creciendo perderé muchas de las cosas que hacen que esa monotonía se haga soportable. Tener que levantarme todas las mañanas a las seis y veinte de la mañana para ir al colegio es siempre igual, aburrido. Pero ahora que tengo quince años, cada mañana al llegar al colegio a las siete y veinte le veo a él, y eso es lo que hace que la monotonía no se vuelva tan pesada. Eso es lo que equilibra la balanza. Esas pequeñas cosas.
Pero ¿qué será de mí cuando ya no tenga esas pequeñas cosas? Cuando me tenga que levantar a las siete de la mañana para ir al trabajo pero nadie me esté esperando en un banco para darme un beso de buenos días. Ahora que tengo quince años salgo del colegio tras seis eternas horas de clase, profesor por profesor, asignatura por asignatura, atendiendo y atendiendo, tomando apuntes y más apuntes, está él o están mis mejores amigas para disfrutar de veinte minutos de su compañía, como recompensa por la dura y más bien aburrida jornada. ¿Qué será de mí cuando ellos ya no estén para disfrutar conmigo? Cuando salga de trabajar y me dirija a mi casa, sola, como cada día, esperando algo nuevo que puede que nunca llegue.
